Cuando la verdad incomoda, la censura se convierte en estrategia

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Jorge Eduardo Amador

Licenciado en Finanzas | Maestro en Administración y Políticas Públicas
Presidente del Comité Municipal del PRI Puebla Capital
X: @JorgeE_Amador

La democracia no se pone a prueba cuando todos están de acuerdo. Su verdadera fortaleza se mide cuando una crítica incómoda confronta al poder. Es precisamente ahí donde los gobiernos democráticos responden con argumentos, transparencia y rendición de cuentas. Los gobiernos con vocación autoritaria, en cambio, responden con censura.

La reciente decisión del Instituto Nacional Electoral (INE) de ordenar el retiro de publicaciones del presidente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, en las que calificaba a Morena como un “narcopartido”, ha reabierto un debate fundamental sobre los límites de la libertad de expresión en México. Más allá de si se comparte o no ese calificativo, la pregunta de fondo es otra: ¿por qué la respuesta del poder es intentar silenciar una opinión política en lugar de responder a los cuestionamientos que la originan?

La libertad de expresión no existe para proteger los discursos cómodos ni las opiniones que agradan al gobierno. Existe para garantizar que las voces críticas puedan cuestionar al poder sin temor a ser silenciadas. Esa es la esencia de cualquier democracia. Cuando las instituciones terminan interviniendo en el debate político para restringir expresiones, el riesgo no es para un partido, sino para el derecho de todos los ciudadanos a debatir libremente.

El problema de Morena no es la crítica; el problema es que cada vez enfrenta más cuestionamientos sobre la actuación de algunos de sus gobiernos y de figuras relevantes del movimiento frente al avance del crimen organizado. Ahí están los señalamientos públicos que han rodeado al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros casos que han alimentado el debate nacional. En lugar de responder con transparencia, rendición de cuentas y el esclarecimiento de los hechos, la apuesta parece ser otra: censurar, descalificar y tratar de silenciar a quienes cuestionan al poder.

Resulta paradójico que quienes durante años denunciaron la censura cuando eran oposición hoy recurran a mecanismos institucionales para limitar el debate público. Morena construyó buena parte de su discurso político defendiendo el derecho a disentir y criticando el uso de las instituciones para proteger al gobierno en turno. Hoy, desde el poder, pareciera recorrer el camino que antes condenaba.

La censura no resuelve la inseguridad. No combate al crimen organizado. No mejora la economía. No devuelve la tranquilidad a las familias mexicanas. Lo único que consigue es alimentar la percepción de que al gobierno le preocupa más controlar la conversación pública que atender los problemas que viven millones de mexicanos todos los días.

Las palabras pueden retirarse de una red social, pero la realidad no desaparece por decreto. Las dudas de la ciudadanía no se eliminan con medidas cautelares, sino con resultados, investigaciones serias y una auténtica rendición de cuentas. Un gobierno seguro de sí mismo responde con hechos; un gobierno que se siente incómodo frente al escrutinio responde intentando controlar el debate.

La democracia exige más libertad, no menos. Exige confrontar ideas, no censurarlas. Exige responder a las críticas con argumentos, no con restricciones. Cuando un gobierno dedica más tiempo a perseguir palabras que a resolver los problemas que las provocan, envía un mensaje preocupante: le incomoda más la crítica que la realidad.

Porque la censura nunca ha sido una muestra de fortaleza. Siempre ha sido la confesión de un poder que teme que la verdad, por incómoda que sea, termine imponiéndose.

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