Mtra. Marissa Alaffita Castillo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
El periodo de encierro que atravesamos durante la pandemia de la COVID-19 fue un espacio de reflexión, refinamiento y profundización en los intereses de más de un puñado de millones de personas. Durante ese tiempo, el conocimiento que había adquirido sobre el tarot era tan empírico que (según creía) no necesitaba una justificación teórica para explicar por qué los secretos del ser podían estar ocultos en esas setenta y ocho cartas.
Cabe aclarar que, para ese momento, ya llevaba un par de años dedicada a la mancia, leyendo a desconocidos en distintos espacios de la ciudad con el pretexto de ofrecer “claridad” a su incertidumbre y ayudarles a tomar mejores decisiones (cosa que, por lo general, solo ocurría cuando se anunciaba el regreso de una expareja o la confirmación de un empleo esperado).
Sin embargo, cuando las preguntas se vinculaban con las pasiones, la lógica, los afectos o la materialidad, la respuesta debía ampliarse, escarbando en los registros akáshicos de cada consultante. Es probable que, para los neófitos en el tema, esto suene a palabrería new age de las baby witches, como el gremio suele llamar a esta oleada de brujas autoadscritas al “negocio”, sin linaje heredado y formadas a través de videos de YouTube. Pero se olvida con frecuencia que el tarot es, en realidad, un mapa psicoanalítico de poder, lazos familiares, pulsiones y conflictos de interés.
La mayoría de los estudiosos del tema se aferran a la modernidad del mazo Rider-Waite-Smith, por el sincretismo estético, ideológico y arquetípico que lo caracteriza. Algunos sostienen que el registro más antiguo de las cartas proviene del Egipto faraónico, y otros incluso se atreven a abrazar la idea, tan bella como improbable, de que los pueblos originarios de América Latina contaban con herramientas de predicción semejantes.
Nada de eso, sin embargo, se acerca a la verdad documentada. Las primeras referencias al tarot surgen en las cortes italianas de 1440-1450, como un juego similar al bridge, que respondía a las necesidades e intereses geopolíticos de la familia Visconti-Sforza. El concepto de esta baraja se extendió luego por distintas regiones de Europa, sobre todo en Francia, al escabullirse por el sureste del país tras la conquista de Milán y Piamonte en 1499. Así pasó el tiempo, hasta que en 1760 Nicolas Conver grabó el más célebre de los antiguos juegos de tarot: el de Marsella.
Quizás, en este punto, nos preguntemos porque el resumen histórico es tan importante, ya que es un tema recurrente en las presentaciones de este tipo. Pero hay que acotar que los estudios semióticos del tarot, enfocados a su simbolismo y significado, no surgen de forma temprana, sino a mediados/finales del siglo XVIII y principios del XIX, durante la transición de ser un juego de cartas a un instrumento esotérico y de adivinación.
El viaje del héroe
Cuando el interés supera el morbo y el escepticismo, los estudiosos de las cartas se encuentran con un concepto fundamental para la comprensión del Tarot: el viaje del héroe. O, como diría Joseph Campbell, “persigue tu felicidad” (Campbell, 1988/1991). En la literatura, esta idea está estrechamente vinculada con el análisis poético de la acción dramática y la naturaleza de lo heroico. En este sentido, se establece una relación entre un personaje protagónico y sus aptitudes, cualidades, alianzas, miedos, desbordamientos, procesos de transformación, resiliencia y desapego del ego. Es, en otras palabras, el principio narrativo de toda historia.
Para los tarotistas, esta guía no es un esquema arquetípico que pretenda generalizar la vida, sino un manual de instrucción simbólica para desarrollar el arte de ser humano. “Es el reconocimiento de un hermoso deseo, de principios que gobiernan la conducta de la vida […] como una realidad eterna que adopta la forma de un ideal platónico, que se trata de un modelo divino” (Vogler, 1998/2002). Por ejemplo, en la obra de Chrétien de Troyes, Romance del Grial o El caballero de la Carreta, Lancelot du Lac no representa únicamente a un galán o a un gran guerrero, sino la profunda dualidad de quien encarna ambas virtudes, junto con la magia y la bendición del reino de las hadas. Es un guerrero protegido por lo sobrenatural. “En cartomancia, su imagen se asocia al caballero de trébol: un hombre joven, intrépido, aventurero y peligroso, cuya pasión puede acabar en dolor […]. Lancelot es el amante perfecto y el mejor de los caballeros […] aunque su figura adquiera unos matices sombríos, relacionados con la infidelidad y la traición” (Racionero Ragué, 2021).
El perfil con que Chrétien de Troyes desarrolla a su personaje permite al lector comprender que, incluso con ayuda “divina”, el ser humano debe atravesar un proceso de dislocamiento, donde aprenda que su presencia en el mundo está corrompida por el desconocimiento del ego. Este lo impulsa a actuar de forma precipitada, obligándole a proyectarse en el dolor y, de ese modo, a trabajar en un nuevo reensamble de la conciencia desde el desapego, la mortalidad y la gratitud.
Para entender el mapa poético y territorio simbólico del tarot en la escritura: El cuento del viaje del héroe
El texto que se muestra a continuación, es una herramienta utilizada en mis talleres de tarot inicial, con el cual, busco sintetizar el significado de los arcanos mayores a partir de una reflexión sobre el desarrollo del ser en sus cuatro estadios junguianos: pasiones, lógica o pensamientos, emociones y terrenalidad. Representaciones de diferentes partes de lo humano y de experiencias universales que pueden ser integradas al crecimiento de cada individuo.
El viaje del héroe comienza con el deseo de la aventura: nos arrojamos al vacío porque atravesamos un periodo en el que no queremos enraizarnos a nada, aun cuando no sepamos qué hacer ni hacia dónde ir (El Loco). Una vez canalizada la energía del viaje, descubrimos que en nuestra maleta llevamos todas las herramientas necesarias para crear: el aspecto sexual (bastos), el aspecto mental (espadas), el aspecto emocional (copas) y el aspecto material (oros). Aceptamos entonces que somos ignorantes, pero que nuestra energía es capaz de crear (El Mago). Por ello, debemos buscar el conocimiento y detener nuestras ansias para prepararnos, sabiendo hacia dónde nos dirigimos y asumiendo tanto las expectativas luminosas como las sombrías que esto conlleva (La Sacerdotisa).
Cuando los saberes de la vida, la espiritualidad y la conciencia se entrelazan con nuestra energía creadora, se canalizan hacia el propósito de nutrirnos a nosotros mismos y a los otros: construir desde el amor (La Emperatriz). En ese proceso, tomamos el control del terreno fértil donde germina nuestro “yo” elevado y aprendemos a tomar decisiones firmes, descendiendo nuevamente al plano del orden material (El Emperador). Desde ahí se nos abre la puerta a una espiritualidad consciente; nuestro discurso se transforma de modo alquímico (El Sumo Sacerdote).
Comprendemos entonces que somos la conjunción del aspecto masculino y femenino que habita en nosotros, y que entablamos un diálogo íntimo con el otro al reconocer su existencia (Los Enamorados). Ese reconocimiento nos impulsa a conquistar mente, cuerpo y espíritu (El Carro), emergiendo desde nuestras zonas instintivas para pulir la energía carnal y creadora. Si no la dominamos, ella nos enfrentará (La Fuerza). Solo al lograrlo podemos desapegarnos de las trivialidades de lo terrenal, tomando conciencia de que en nuestra maleta llevamos un proceso de autoconocimiento y autodesarrollo, pero también conflictos, miedos y prejuicios (El Ermitaño). Así entendemos que la vida es un ciclo donde debemos decidir cuándo y cómo otorgarle un nuevo orden (La Rueda de la Fortuna), para convertirnos en los únicos jueces capaces de discernir entre lo que nos libera y lo que nos retiene (La Justicia).
Ese discernimiento nos permite reconstruirnos, renacer desde el cambio y descender al plano terrenal sin perder la conexión con lo espiritual (El Colgado). Es la oportunidad de atravesar las estaciones del ser (La Muerte), sanar los vínculos entre nuestro “yo” espiritual y la fe, y dominar los aspectos oscuros sin reprimirlos (La Templanza). En ese tránsito, enfrentamos las ataduras y los miedos con astucia e ingenio (El Diablo), confrontamos el ego y retornamos a la humildad (La Torre), para encontrar el propósito y el lugar al que pertenecemos: la inspiración que traza nuevos senderos hacia la luz (La Estrella).
Entonces la intuición florece, y con ella el amor y la comprensión del principio femenino que sana (La Luna). De la misma forma, la reflexión objetiva se activa como una fuerza masculina que acciona y nos conduce al éxito (El Sol). Escuchamos el llamado (El Juicio) que nos inicia en un nuevo ciclo donde lo esencial será mantener el equilibrio de los cuatro aspectos que, al inicio del viaje, no sabíamos cómo unificar. Alcanzamos así la integración plena (El Mundo).
El tarot en la obra de Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, María Negroni y Marosa di Giorgio.
El tarot, entendido como un lenguaje de arquetipos y correspondencias simbólicas, constituye una gramática del alma donde los signos visuales se articulan en una sintaxis espiritual y emocional. Cada carta es un signo icónico en el sentido peirciano, posee una semejanza con aquello que representa, pero también un símbolo cultural e histórico, cuyo significado depende del contexto hermenéutico de quien lo lee.
En este sentido, las poetas que aquí se abordan no usan el tarot como adorno esotérico, sino como estructura semiótica de pensamiento: un sistema que permite organizar lo inefable en imágenes, sonidos y silencios. A través de sus obras, los arcanos mayores actúan como signos transitivos entre lo personal y lo colectivo, entre lo mítico y lo íntimo, revelando que la poesía, al igual que el tarot, no busca predecir, sino revelar relaciones de sentido ocultas en la experiencia humana.
Olga Orozco
La poesía de Olga Orozco está marcada por la búsqueda de un conocimiento trascendente y oculto, un diálogo con lo ancestral y lo profético que la vincula directamente con la energía de La Sacerdotisa. Este Arcano representa la sabiduría interior, el misterio velado y la espera meditativa para acceder a la verdad. En el poema que inicia con el verso «También la noche es un país» (1974), Orozco manifiesta esta introspección profunda y silenciosa:
«Detrás de la puerta, la noche se ha vuelto un país de sí misma.
Habrá que entrar allí para aprender el luto, para probar la tierra del silencio,
Para callar y oír, mientras la otra voz va escribiendo el rastro
Con su lengua de sombra sobre el libro abierto, legible, indescifrable.»
La «otra voz» que escribe sobre un «libro abierto, legible, indescifrable» es la voz del inconsciente y de la intuición, custodiada por La Sacerdotisa. La poeta enfatiza que el conocimiento no se alcanza por la acción, sino por la contemplación y la espera activa. Este poema revela cómo la poesía puede funcionar como un umbral hacia lo secreto, donde la introspección y la atención al silencio se convierten en caminos hacia la verdad.
Alejandra Pizarnik
La obra de Alejandra Pizarnik se sumerge en los territorios de la fragmentación, la infancia perdida y la angustia existencial, aspectos profundamente resonantes con La Luna. Este Arcano simboliza el reino de la intuición turbia, los miedos irracionales, las ilusiones y el camino incierto que se recorre bajo la luz indirecta del inconsciente. En su poema «La jaula» (Pizarnik, 1962), la poeta captura la desesperación de quien se sabe habitando un paisaje mental dominado por la sombra:
«Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
Afuera hay sol.
Yo me visto de animales muertos.
Afuera hay sol.
El sol es una mentira
que oculta el infierno musical.»
La negación de la luz solar, el arquetipo de El Sol, claridad objetiva, y el descenso al «infierno musical» reflejan el tránsito lunar de Pizarnik. Su poesía evidencia cómo la realidad exterior puede ser ilusoria y cómo la verdad se revela en los espacios internos, oscuros y espectrales. La poeta nos confronta con la necesidad de aceptar la incertidumbre y los miedos como parte del autoconocimiento.
María Negroni
María Negroni explora la imposibilidad de nombrar, la suspensión del significado y la inversión de la perspectiva lógica, lo cual la alinea con el arquetipo de El Colgado. Este Arcano representa inmovilidad voluntaria y sacrificio necesario, un estado donde invertir el orden terrenal permite alcanzar una visión espiritual inédita. En el poema «La casa» (Negroni, 1994), la poeta describe esta pausa paradójica:
«Señal, como si el cuerpo,
de golpe, fuera un signo
que busca su sintaxis
en una boca inmóvil.
Se oye, apenas,
un ligero temblor de la materia.
Ojos cerrados:
el ojo de la aguja,
la fisura central
por donde va la luz,
cabeza abajo.»
La inversión de la perspectiva y la luz que atraviesa la «fisura central» simbolizan la revelación que surge de la incomodidad y la espera. Negroni nos recuerda que la poesía puede desestabilizar la lógica y que el conocimiento profundo exige disposición para asumir la paradoja y aceptar la suspensión del sentido.
Marosa di Giorgio
La poesía de Marosa di Giorgio, poblada por jardines, animales sagrados y sexualidad orgánica, vibra con la energía de La Emperatriz. Este Arcano encarna la fertilidad, la abundancia creativa y el poder nutridor de la naturaleza. En su poema «El rosal» (Di Giorgio, 1981), la materia se vuelve un sujeto vivo y desbordante:
«El rosal, era como la carne, la madre.
Olía a mujer de noche o a tía o a muerta.
Se doblaba, se doblaba, en el jardín,
con espinas en la niebla que no se notaban.
Yo pensaba que era mi madre con espinas,
con algo muy dulce en el aire y un temblor de niña.»
La conexión entre rosal, madre y carne refleja la potencia germinadora de La Emperatriz, donde la belleza y el peligro conviven inseparablemente. Di Giorgio demuestra cómo la poesía puede encarnar la abundancia vital y cómo la creatividad surge de la relación íntima con lo orgánico y lo misterioso, aceptando la complejidad y la ambivalencia de la existencia.
Conclusión
A lo largo de este ensayo, se ha demostrado que el tarot trasciende su función meramente adivinatoria y se sitúa más allá de la parafernalia de la neobrujería proliferante en redes sociales. Las cartas del tarot constituyen, en esencia, un mapa psicoanalítico de poder, vínculos familiares, pulsiones y conflictos de interés. Su presencia en la literatura, y particularmente en la poesía, supera la simple alusión o el recurso ornamental esotérico, consolidándose como un lenguaje de arquetipos y correspondencias simbólicas, una gramática del alma en la que los signos visuales se articulan dentro de una sintaxis espiritual y emocional rigurosamente estructurada.
La propuesta de considerar al tarot como una estructura semiótica de pensamiento resulta especialmente fructífera, al permitir organizar lo inefable en imágenes, silencios y resonancias simbólicas. La revisión de las obras de Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, María Negroni y Marosa di Giorgio evidencian cómo los arcanos mayores funcionan como signos transitivos que revelan relaciones de sentido subyacentes en la experiencia humana.
El análisis de la poesía de Olga Orozco a la luz de La Sacerdotisa indica que la verdad se alcanza mediante la contemplación y la espera activa; en el caso de Alejandra Pizarnik, la lectura de La Luna pone de manifiesto que la realidad externa puede ser ilusoria y que el autoconocimiento exige confrontar la incertidumbre y el miedo; la interpretación de María Negroni desde la perspectiva de El Colgado sugiere que la poesía desestabiliza la lógica y que la verdad emerge de la paradoja y la suspensión del sentido; finalmente, la aproximación a la obra de Marosa di Giorgio mediante La Emperatriz evidencia que la creatividad se origina en la relación íntima con lo orgánico y lo misterioso.
En síntesis, este trabajo invita a reflexionar sobre la naturaleza interdisciplinaria del conocimiento y a cuestionar las fronteras artificiales entre lo místico y lo académico. El tarot se revela así como una herramienta hermenéutica capaz de iluminar el viaje del héroe, principio narrativo fundamental de toda historia, no como un manual de generalizaciones vitales, sino como un esquema simbólico para la comprensión de la experiencia humana. De manera análoga, la literatura funciona como un camino hacia el autoconocimiento, un espejo en el que se reflejan las múltiples facetas de la conciencia.
Referencias bibliográficas
Campbell, J. (1991). El poder del mito (C. Aira, trad.; entrevistas con B. Moyers, ed. orig. 1988). Emecé Editores.
Chrétien de Troyes. (2013). El caballero de la carreta (L. A. de Cuenca y C. García Gual, trads.; obra original s. XII). Alianza Editorial.
Di Giorgio, M. (1981). La liebre de marzo. Calicanto / Arca Editorial.
Negroni, M. (1994). El viaje de la noche. Lumen.
Orozco, O. (1974). Museo salvaje. Losada.
Pizarnik, A. (1962). Árbol de Diana. Sur.
Racionero Ragué, A. (2021). El viaje del héroe: Mitología, storytelling y transformación personal. Editorial Kairós.
Vogler, C. (2002). El viaje del escritor: Las estructuras míticas para escritores, guionistas, dramaturgos y novelistas (J. Conde, trad.; ed. orig. en inglés, 1998). Ediciones Robinbook / Ma Non Troppo.