La unidad no es una opción: es la estrategia

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México no necesita una oposición dividida; necesita una alternativa capaz de competir y ganar.

Por Jorge Eduardo Amador

Hay momentos en la política en los que dividirse deja de ser una estrategia y se convierte en un error histórico. México está llegando a uno de ellos.

En 2027 estarán en juego 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas y miles de cargos locales. No será una elección cualquiera. Será una verdadera prueba de fuerza, organización y capacidad para construir una alternativa frente al poder.

Los resultados de 2024 dejaron una lección que sería absurdo ignorar: el voto opositor existe, pero dividido pierde capacidad de competencia. PAN, PRI y PRD —entonces integrantes de una coalición— representaron juntos una fuerza electoral de millones de ciudadanos. El PRD posteriormente perdió su registro nacional, pero su historia electoral reciente demuestra que ningún partido tiene garantizada su permanencia.

La pregunta, entonces, no es si los partidos deben aliarse por conveniencia. La pregunta es si tienen la madurez suficiente para entender que México necesita construir una alternativa competitiva y que ninguna fuerza política debería sentirse propietaria de ella.

El PAN tiene que reflexionar. El PRI tiene que reflexionar. Movimiento Ciudadano tiene que reflexionar.

Todos.

Porque una alianza no puede construirse alrededor del ego de un dirigente, de las cuotas de un partido o de la obsesión por controlar candidaturas. Tampoco puede convertirse en una simple suma de logotipos.

Una verdadera coalición debe preguntarse primero qué necesita México y después quién puede representarlo.

Y aquí hay una responsabilidad especial para quienes hoy tienen posibilidades reales de construir esa alternativa.

Movimiento Ciudadano tiene todo el derecho de defender su identidad y competir con sus propias siglas. Pero también debe responder ante los ciudadanos qué significa presentarse como una alternativa si, llegado el momento, su estrategia termina dividiendo el voto opositor y facilitando que el oficialismo conserve espacios que de otra manera estarían en disputa.

No basta con decir que se quiere ser diferente. Hay que demostrar que se está dispuesto a construir una opción realmente competitiva.

Lo mismo vale para el PAN y para el PRI.

Ninguno puede pensar que una eventual alianza debe construirse alrededor de sus propias condiciones. Si de verdad se quiere ganar, habrá que negociar, ceder, escuchar y entender que el futuro político del país no puede quedar subordinado a los intereses particulares de cada dirigencia.

Porque una coalición no significa que todos piensen igual.

Significa que, aun pensando diferente, son capaces de ponerse de acuerdo en lo fundamental.

Seguridad para las familias. Empleo. Crecimiento económico. Oportunidades para los jóvenes. Instituciones fuertes. Democracia. Libertad. Estado de derecho.

Esos deben ser los puntos de encuentro.

Y hay algo más: una gran coalición puede cambiar por completo el mapa electoral del país.

No se trata de afirmar que las 17 gubernaturas estén ganadas de antemano. Se trata de entender que, con unidad, buenos candidatos, estructura territorial y un proyecto común, las 17 pueden dejar de ser plazas aparentemente definidas y convertirse en elecciones realmente competidas.

No se trata solamente de ganar algunas gubernaturas.

Se trata de construir las condiciones para competir por las 17.

La ciudadanía no está esperando otra pelea entre partidos. Está esperando soluciones.

Y aquí está el verdadero desafío: una alianza que solamente una a políticos fracasará; una alianza que logre unir a ciudadanos puede ganar.

Por eso, los partidos deben dejar de preguntarse cuánto les toca y comenzar a preguntarse cuánto pueden aportar.

Hay que dejar atrás los cálculos pequeños para pensar en grande.

Porque mientras la oposición discute quién encabeza, quién tiene más posiciones o quién conserva su parcela política, el oficialismo observa y aprovecha cada división.

La política no perdona los errores de cálculo.

Pero tampoco podemos hablar de futuro sin hablar de rendición de cuentas.

En los últimos años han surgido señalamientos, investigaciones y cuestionamientos que involucran a personas cercanas al poder político. Entre ellas se encuentra Andy López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, sobre quien públicamente se han planteado diversos cuestionamientos que deben ser respondidos con claridad.

Si existen investigaciones o acusaciones formales, corresponde a las autoridades competentes determinar responsabilidades con pruebas y conforme a derecho.

Nadie, absolutamente nadie, debe estar por encima de la ley.

La exigencia de transparencia no debe depender de apellidos, amistades, cargos o cercanías políticas. Una democracia sana necesita instituciones capaces de investigar, autoridades capaces de actuar y ciudadanos capaces de exigir respuestas.

La oposición debe asumir también esa responsabilidad: no para perseguir personas, sino para defender una idea elemental de la democracia: la rendición de cuentas debe ser para todos.

En 2027, los ciudadanos no van a premiar necesariamente al partido que tenga el discurso más estridente. Van a evaluar quién tuvo la capacidad de construir una alternativa seria, viable y competitiva.

La unidad no significa desaparecer las diferencias. Significa ponerlas en segundo plano cuando existen objetivos superiores.

Y México tiene uno que debería ser suficiente: construir un futuro distinto para las familias mexicanas.

Por eso, esta no es una convocatoria a que un partido se rinda ante otro. Es un llamado a que todos entiendan que nadie puede darse el lujo de competir aislado si existe la posibilidad de construir una alternativa amplia.

El PAN debe reflexionar. El PRI debe reflexionar. MC debe reflexionar. Y quienes aspiren a encabezar una alternativa deben entender que primero está el proyecto y después las personas. Primero México y después las siglas.

Porque al final, la historia no juzgará cuántas candidaturas consiguió cada partido.

Juzgará si tuvieron la inteligencia, la generosidad y la visión para construir una alternativa cuando México la necesitaba.

La unidad no garantiza la victoria. Pero la división puede garantizar la derrota.

México no necesita partidos que compitan para demostrar quién es más puro.

Necesita fuerzas políticas capaces de competir para ganar.

Porque hoy, más que nunca:

La unidad no es una opción: es la estrategia.

Sobre el autor

Jorge Eduardo Amador es dirigente político y presidente del Comité Municipal del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Puebla Capital. Su actividad se ha centrado en el trabajo político y territorial, la construcción de acuerdos y la participación ciudadana, con una visión enfocada en fortalecer la organización y generar alternativas para las familias mexicanas.

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