Por Jorge Eduardo Amador
Ciudad de México, 8 de abril de 2026
En la historia del Estado mexicano, la política exterior ha sido uno de los pocos espacios donde la continuidad institucional, la formación técnica y la visión de largo plazo lograron imponerse por encima de la coyuntura política. No es casualidad. Desde la profesionalización del servicio exterior en el siglo XX, México construyó una tradición diplomática reconocida internacionalmente, sustentada en principios como la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de controversias.
Esa tradición no surgió de la improvisación. Fue resultado de décadas de formación de cuadros especializados dentro de la Secretaría de Relaciones Exteriores y del Servicio Exterior Mexicano, cuyos integrantes han representado al país en momentos de alta complejidad internacional: desde la defensa de la soberanía petrolera, pasando por el liderazgo en foros multilaterales durante la Guerra Fría, hasta la negociación de acuerdos comerciales estratégicos como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, esta lógica de Estado parece hoy tensionarse frente a decisiones que privilegian otros criterios. El reciente nombramiento de Roberto Velasco obliga a abrir una discusión más profunda: ¿estamos transitando de una diplomacia profesional a una diplomacia de coyuntura?
Los datos obligan a la reflexión. De acuerdo con cifras del propio Servicio Exterior, más del 70% de los puestos estratégicos de representación en el exterior habían sido ocupados históricamente por diplomáticos de carrera. Este equilibrio garantizaba conocimiento técnico acumulado, continuidad en las negociaciones y una comprensión integral de los intereses nacionales. Romper esa lógica no es un ajuste menor; implica alterar uno de los pilares más sólidos del aparato estatal mexicano.
El contexto internacional actual no admite vacíos de experiencia. México enfrenta una relación cada vez más compleja con su principal socio comercial, en un entorno donde más del 80% de sus exportaciones tienen como destino Estados Unidos. A ello se suma una presión migratoria sin precedentes en la región y una creciente competencia geopolítica que exige claridad estratégica. En este escenario, la política exterior no puede convertirse en un espacio de aprendizaje acelerado ni en un terreno sujeto a decisiones de corto plazo.
A lo largo de su historia, México ha pagado costos elevados cuando ha debilitado sus instituciones en favor de decisiones políticas inmediatas. La diferencia es que hoy esos costos se magnifican en un entorno global interdependiente, donde la credibilidad internacional se traduce directamente en inversión, cooperación y margen de maniobra diplomática.
No se trata de descalificar trayectorias individuales, sino de advertir sobre un patrón que puede erosionar capacidades institucionales construidas durante décadas. La diplomacia no es un espacio ornamental del Estado; es un instrumento estratégico de primer orden.
Juzgar estas decisiones desde la historia no es un ejercicio retórico, sino una necesidad. Porque cuando se desdibujan los criterios de profesionalización, lo que está en juego no es un nombramiento en particular, sino la consistencia de la política exterior mexicana en su conjunto.
México no puede permitirse regresar a etapas donde la improvisación sustituya al conocimiento. La fortaleza internacional del país ha dependido, y seguirá dependiendo, de la solidez de sus instituciones. Debilitar esa base, aunque sea de forma gradual, es un riesgo que la historia ya ha demostrado que se paga caro.